La Peña

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Nuestras Anécdotas

 

Pretender recoger aquí las innumerables anécdotas de estos 25 años es imposible, por esa razón vamos a permitirnos la licencia de recordar algunas de ellas, aquellas que más gracia y comentarios levantaron en su momento.

La Matahari

Dos conocidos miembros de la peña, Oscarín y Lolo Paniagua, todos los años en la cena del 15 recordaban su pasado africano en La Legión y con el mantel a modo de chilaba y un turbante improvisado, al son del tamboril y del cornetín, simulación a cargo de algunos compañeros, bailaban y cantaban una danza marroquí a la que bautizaron como La Matahari. Mientras los sones árabes irrumpían en la noche mágica, un gran pellejo de vino corría de mano en mano, era la llamada “Chata de Jartum”.

El pitote

Una tarde calurosa del día del Carmen, apostados en el Lagarón esperando LA DESCARGA, llegaron unos periodistas para entrevistar a algún miembro de la peña. A la pregunta de ¿Cómo es un volador? Avelino comenzó una disertación que hizo enmudecer a los presentes. Con mucha gracia y desparpajo, y un “punto” alegre que duraba del día anterior, comenzó la descripción. Cuando llegó a la mecha sus palabras fueron más o menos así: protuberancia inferior, próxima a la varilla y que saliendo de la carretilla se convierte en una especie de pitote. Ni que decir tiene el lío que se formó, sobre todo cuando El Patalico tuvo que traducir todo eso para unos jóvenes ingleses que por allí rondaban. Sólo los rítmicos barrenos del Voladorón nos obligaron a aplazar el cachondeo y concentrarnos en lo que nos esperaba.

El vigía de la peña

Con el paso del tiempo la peña llegó a tener toldos propios, tableros y sillas, caseta, etc. Evidentemente en los días que duran las fiestas esta infraestructura permanece desplegada en La Campa del Conde y de vez en cuando le echamos un vistazo. Pues bien, nuestro amigo Milín, harto de que todos los años desapareciera la bandera, un año decidió mantenerse en alerta máxima. Unos días después del Carmen en compañía de la señora salieron a dar una vuelta y cuando regresaron a su casa, él, según las malas lenguas por no resignarse a una retirada tan prudente, se quedó asomado a la ventana y mirando a la Cogolla advirtió cierto movimiento en el lugar de la peña. Raudo y veloz pensó que lo mejor sería avisar al secretario para que subiera desde Santa Bárbara a echar un vistazo. Imagínense la cara de Avelino cuando a eso de las cuatro de la madrugada suena el teléfono con semejante encargo, encontrándose él en plena recuperación de los excesos de días anteriores. Pero la cosa aún fue más grave cuando in situ comprobaron que el sospechoso movimiento en la Campa procedía de un burro que por allí pasaba la noche pastando.

Chévere

Un año por el Carmen uno de nuestros socios recibió la esperada visita de su hermana y su cuñado (d.e.p.) procedentes de Caracas (Venezuela).Naturalmente invitó a su cuñado a subir a compartir nuestra cena a la Campa . Éste, un gallego simpático y animoso, había llegado aquel mismo día en vuelo a Ranón, y desde el mismo aeropuerto directo a la Cogolla , donde como fácilmente se imaginará el lector, la algarabía y la juerga iban in crescendo. Tras una calurosísima acogida, disparó un volador y con ese acento caribeño tan característico dijo: ¡chico, esto está chévere!, no se donde estoy pero no muy lejos del paraíso. Querido Ramón hasta donde reposas llegará nuestro más fraternal y cariñoso abrazo. Nunca te olvidaremos.

En vivo y en directo

Cuando aún los móviles no se habían impuesto con la rotundidad actual, el entrañable Antón de Zaycor apareció la noche del 15 con uno de aquellos artilugios. Cual Romeo enamorado marcó el número de su Julieta y tuvo la ocurrencia de narrarle con pelos y señales lo que allí acontecía. Sin inmutarse ante los improperios y con el sonido de fondo de nuestras canciones, mantuvo abierta la comunicación hasta después de los fuegos. Eso es amor y lo demás tontería.

Antón y las camareras

Han sido partícipes de la mayor parte de nuestros eventos. Cuantas veces nos hemos acordado en estos años de Flor, aquella vasca simpática y campechana que nos hizo reir y a más de uno sonrojar. Y más recientemente de estas chavalas amables que procedentes de Rumanía han compartido con nosotros las primeras lecciones de español.

No podía olvidarme de aquella ocasión en que comenzamos la cena en la Campa y alguien desde un extremo de la mesa reclamó el vino; percatándonos entonces de que el preciado néctar no había llegado. Cuando pasada media hora llegó Antón con la barrica al hombro la que se armó fue de órdago. Pero él, sabedor del sacrilegio cometido, cumplió la penitencia sin rechistar, y una vez cumplida, para resarcir daños, entonó con prestancia “Rosina la cigarrera”.

El túnel de lavado

Hace años, una media tarde calurosa del 15 de julio, después de dar cuenta de numerosas viandas en el Reguerón , algunos comentaron la posibilidad de darse un baño para refrescar. No se les ocurrió mejor cosa que ir a la gasolinera y sacar una ficha para el túnel de lavado. Ni que decir tiene que el espectáculo fue dantesco.

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15 de Julio por la tarde: un refrigerio

Aquellos chorros y rodillos rociaron y restregaron toda señal de impureza en los intrépidos bañistas. Mientras los coches y los viandantes se paraban a observar la escena. Agradecer a FLÓREZ SIERRA el detalle de regalarnos la ficha, aunque tal vez fue una estrategia de marketing, pues el baño continuó realizándose todos los años hasta la fecha.  

Los maniquíes

Esta es una de las más recientes, ocurrió el pasado Carmen. Sergio, cachondo donde los haya, tuvo la ocurrencia de recoger unos maniquíes procedentes de la reforma del comercio de Baratura. Se trataba de tres figuras femeninas que recompuso lo mejor que pudo y a las que, tras visitar los mercadillos, les compró vestidos al uso, joyas, gafas de sol y todo tipo de complementos. En contacto con otros amigos de la peña las subieron a la Campa. Allí las “bautizamos” y se procedió a su nombramiento como “socias honoríficas”. Con “ellas” compartimos unas fiestas inolvidables; fueron nuestras parejas de baile, nuestras cómplices y confidentes, siempre dispuestas a escucharnos y dejarse querer. Cuando, tras los fuegos, las bajamos a las plazoletas, allí se armó la marimorena. Muchos fueron los que las solicitaron para hacerse una foto o para arrancarse con ellas por cumbias, merengues o pasodobles. Al final de la verbena algunos compañeros solícitos las retiraron a sus aposentos y “ellas”, serenas e impasibles, en ningún momento dieron muestras de cansancio a pesar del duro trajín festivo.

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